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Resultados del I concurso de microrrelatos #OrgulloDeBarrioSJ

El pasado mes de agosto, junto a la Asociación San José Barrio Comercial, impulsamos el I concurso de microrrelatos en Instagram, #OrgulloDeBarrioSJ. Durante las fiestas hemos podido disfrutar de los textos que nos habéis ido enviando y que nos han hecho viajar a los Sitios de Zaragoza, pasear por el Parque de la Granja o adentrarnos en la antigua Harinera.

La selección ha sido difícil, pero aquí está el resultado. ¡Enhorabuena a las ganadoras y ganadores! Y, sobre todo, gracias a quienes os habéis animado a escribir y compartir vuestras memorias, creatividad e historias en nuestro barrio. San José también se escribe.

Primer premio:

Una del Club ya lo ha conseguido, de Esperanza Rubio

—Que no puede ser…

—Que te digo que sí, que en este césped jugaba una campeona del mundo, Salma… ¿No ves que le han puesto su nombre al campo?

El cierzo suave de una de las últimas tardes de agosto acariciaba el césped y los del Infantil A andaban entrenando, que mañana jugaban el Torneo de las fiestas del barrio y querían hacer un buen papel.

—¡¡¡Llego!!! —gritaba uno, con pelo largo, mientras estiraba la pierna para chutar.

—Pues no has llegao —se le choteaba un compañero, entre risas.

Yo, que vivo aquí, os puedo asegurar que este campo y este Club son importantes para muchos chavales y chavalas de San José. Cada día, haga calor o truene, los veo bajar por la Cuesta Morón, con la mochila a cuestas, a entrenar. Y los fines de semana… esto parece La Romareda, de cómo se gritan los goles y cómo se viven los partidos…

Aquí se esfuerzan, sudan, aprenden, se enfadan y nacen amistades que durarán toda la vida. Guardan sus primeras camisetas y se imaginan, de profesionales, marcando el gol que les dé una Liga o un Mundial.

¿¿Por qué no soñarlo, si una del Club ya lo ha conseguido??

Segundo premio:

Raíces, de Olga Felipe

Veo subir a Bárbara por la cuesta, ladeada por el peso del gran cesto de mimbre, que apoya en la cadera. Fibrosa y menuda, las manos agrietadas, y toda de negro. Falda, camisa y pañuelo de cabeza. Cuando llega a la balseta, saluda a las otras mujeres y comienza su trabajo. Jabón de tajo, y mucho frotar. Después de lavadas y aclaradas con azulete, las sábanas volverán al cesto. En casa, con la ayuda de sus hijas, las plancharán y almidonarán antes de entregarlas. Entre restregones, recuerda con resignación a su marido, que trota por las Américas sin acordarse de que tiene una familia que mantener.

Al poco, oigo el trotar rítmico de Mariano. Cruza por la balseta y enfila hacia San José. Cara redonda de luna y boina calada, camina resuelto a la harinera Morón, donde trabaja de encargado. Silbando un pasodoble, piensa en su hijo Feliciano, que ha empezado a trabajar en la harinera, conduciendo un carromato con dos caballerías.

Sus destinos se cruzarán cuando sus hijos, mis abuelos, se casen. A ellos no los conocí, pero forman parte de mi memoria. Y pruebo a imaginarlos cuando recorro las calles empinadas de San José Alto.

Tercer premio:

Al abordaje, de Ignacio Rico

¿Qué hacía un galeón de 60 metros de eslora, con bandera pirata, mástil de madera noble y sin más tripulación que un envejecido capitán encallado en la calle Suiza del Barrio San José? El puerto quedaba lejos, la noche había sido oscura y era impensable que un barco quedaría varado en medio del tráfico. El capitán se ataba al mástil viendo su final en la marea de niños que se aproximaba. Iban a convertir aquel barco en su patio de recreo reduciendo la cubierta a astillas y las velas en trapos. Cientos de niños poseídos por la alegría, ahora grumetes, abordaban la goleta. Los vecinos, como gaviotas, contemplaban la inusual escena. No había corsario bien curtido ni espada bien templada que rescatara al naufragado capitán. El estruendo de los cañones no dejó ventana sin alma y las promesas de venganza del capitán de parche y pata de palo carcomida hicieron bajar a los más cobardes. Al entrar a la bodega y divisar el tesoro, hubo gritos de júbilo y no quedó pie en tierra firme. Volvía la vida y la alegría al barrio. Todo eran risas. Gota a gota el barco se inundó de niños.

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